miércoles, 1 de marzo de 2017

Confiar, del argentino “darlo todo”. La mano y también el codo, hasta el hombro y lo que sigue. Como en la danza, cuando los cuerpos se unen. Como en el circo, cuando los cuerpos se sostienen. Como en el teatro, cuando los cuerpos se acompañan. Yo confío como en la infancia, pura y más aún en la vejez, desnuda. Confío y salto desde la roca más alta. Una ola se gesta en el horizonte. Cierro los ojos, no peso. Agarro el aire, lo aprieto. Veo a mi abuelo en su sillón frente a la ventana: “pichoncito”. Confío, como él y vuelo.
¿por qué no podemos quedarnos en los momentos? 
ahí, agarraditos 
cual bodoque de espinaca envuelto en masa de tarta 
¿por qué no podemos repetirlos? 
una y otra vez 
igual que esa canción que tu boca canta sola 
quiero ser un instante 
de sol ardiendo bajo los párpados 
quiero ser la palabra 
enroscada en la lengua 
impronunciable 
y que el repulgue se desborde 
hasta llenar toda la fuente
estoy pensando en tu rodilla 
mientras la gente cambia de asiento 
en la cantidad de centímetros 
es el juego de las sillas 
estoy pensando en tu rodilla 
sacas el celular 
pedí mi número, 
decime hola 
hola soy el chico del colectivo 
de mocasines y camisa 
con las manos finas 
y ese gesto repetido 
estoy pensando en tu rodilla 
en la distancia hasta tu hombro 
en cada letra de ese libro 
hay en la espuma de tu barba 
largos signos de pregunta 
nos sacudimos 
levanto los ojos 
 me tengo que bajar, permiso
el tenedor cubre sus dientes envolviéndolos en la masa soy ese fideo que gira con lentitud casi poéticamente y acaba triturado dentro de una boca que no lo reconoce en el plato de al lado hondo hay una cuchara queriendo ser ventilador para la sopa arriba las agujas del reloj bailan en cámara lenta suena un disco loco estamos en un carrusel afuera las ruedas de los autos se aplastan contra el asfalto pasa un nene con un yo-yo el perro se corre la cola siete veces vuela una pelota y cae sobre el cemento fresco la mezcladora indignada escupe trompo somos un trompo la tierra sobre su eje mis ojos encontrando el mundo la nena que fui abriendo los brazos tomando impulso bajo el vestido el aire sobre la piel eclosión círculos
Estaba pensando en comer 
un pedacito de sol 
y que se llene mi estómago con luz. 
Entonces los rayos, 
ríos amarillos, 
viajarían por el cuerpo 
alargándolo aún más, 
como queriendo volver al cielo.
Y sería mi piel tan clara, 
blanca, casi transparente. 
Una neblina ectoplasmática, 
un vapor tibio. 
Perdería peso, 
forma, color 
dejaría de ser yo, 
para volverme sólo mi nombre.