lunes, 12 de octubre de 2015

uno

Vi un hombre azul. Tenía el cuerpo largo, las manos ocultas, los pies dormidos. Lo llamé. Me miró de cerca, incrédulo. -¿Usted, es? –le dije. Asintió con la cabeza. -Yo no lo estaba esperando –pronuncié. Se encogió de hombros. -¡Qué inoportuno! –mis manos corrieron hacia mi boca intentando retener lo que ya había sido dicho. Él se limitó a escuchar, con sus ojos como estrellas sobre mí. Entonces, no encontré otra opción más que examinar minuciosamente cada puntito, hueco, mancha que podía llegar a haber en el piso con la esperanza de… ¡pero no! ¡qué insistente! Fui emboscada, abandonada por completo a su mirar. Vencida, levanté el rostro y encontré el océano. Su calma estridente, la inmensidad. Desaparecí, para siempre (por unos cuantos minutos).

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